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Cuando papá tomó conciencia

    Un día mi padre, un militante del partido comunista, decidió infiltrarse en la base central del comando del coronel Seineldín, con el objeto de rescatar a dos de sus compañeros: Ignacio Cannavaro y al soldado Carrasco. Primero se inscribió para poder entrar ahí, tuvo que pasar la 7 pruebas de la elite del Ejército Argentino. La primera era el palo enjabonado, ésta aunque muy difícil le pareció muy instructiva y también lo preparó para sus eventuales encuentros con el jabón en la ducha. La segunda es la noche con el soldado Chamamé, el cual tenía un apetito anal-insaciable. Luego, como tercera prueba, tenía que encontrarse con  ELVIS-PELVIS, o para sus amigos, ELVIO-LADOR. Ya cansado y con el culo hecho un desastre tuvo que ser entrenado por Veira, en los yuyos. También existió su examen físico con todos caras pintadas, donde hizo el plan gimnástico del paparulo. Pero no pudo terminar todas las pruebas, porque Seineldín había consumido todos los supositorios. Entonces se reunió todo el ejército para inventar un examen distinto: fornicar con la peor perra alzada del mundo, el más sucio animal que Dios trajo a este planeta, mi madre. Digna de trabajar con Lucho Avilés, de acostarse con Polino, y aparecer en PAF! con un montón de travestis, con  Hanglin en  bolas y Jacobo Winogrand con  su chisito y un burro mutante en sus espaldas.

     Seis meses después, cagado por el peludo orto de esa perra, salí yo. Hasta ese entonces mi padre estaba en la veterinaria, en  coma ocho, con  una máquina que vomitaba por él y todos los tipos de sondas que existen, dándole un placer tremendo, porque tapaban su sucio conducto rectal. Estaba internado junto con Lucho Avilés y Polino, los cuales querían robarle las sondas, y estaban ahí porque el Bingo Belgrano había sido destruido por una turba iracunda, y ellos fueron los primeros en sucumbir a los homosexuales castigos, que en realidad se los tenían merecidos.

     En eso yo había empezado a  crecer, mis dientes de leche cayeron a mi semana de vida, y dos cachos de troncos amarillos  empezaron a crecer en su lugar. Todo mi cuerpo se tornó de un horrible amarillo fluorescente, y varios asquerosos granos se dispersaron por toda mi olorosa piel, proyectando pus en todas direcciones, acompañados de su hedor penetrante. Mi coeficiente intelectual, que en ese entonces era el de un horrible y mal formado feto, empezó a descender. Los médicos, alarmados, aunque también impresionados, no sólo por mí, sino también por la repulsiva presencia de otro familiar mío, la ramera de mi abuela, decidieron mandarme a enfrascar. Pero como nadie tenía los huevos de tocarme, me pude escapar a la mierda. Luego mi vida hasta hoy puede resumirse en pocas palabras: un día me quemé con caramelo, otro, quemé el  lavarropas, después ordené un pollo al spiedo y lo mandé a una dirección falsa, también me robaron en un andén, escribí a PIVA LINDA, con quien quería casarme y ser arquitecto (se la mostré, ella corrió espantada, y  yo la seguí, me choqué con una maqueta y la rompí), y me engañaron de todas las maneras imaginables. Pero eso quedó atrás, hoy encontré a mi padre. Como lo había visto en Chiquititas, lo salí a buscar, era mentira eso de que se había rajado a los Estados Unidos, estaba en una sucia veterinaria, que también  había sido un burdel, un sex shop, sede del partido comunista, casa de la Meijide, y ahí se había mudado Pinki  para aparentar que vivía en la Matanza. No sé porque nadie movió el cuerpo de mi padre, supongo que por el olor que desprendía su asquerosa y abultada ropa interior, ya que había hecho todas sus necesidades ahí y había vivido por fotosínteis. Pero hoy despertó, y sólo pudo decir: "El cántaro paja hasta morir",  luego suspiró su último aliento, sucumbiendo a su merecida muerte, después de ver a su mediocre y enferma familia.



     
 

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